(extraído de "un momento en el parpadeo" de Walter Murch)
En el primer cuarto del S.XX la sala de montaje de una película era un sitio tranquilo, equipado únicamente con una bobinadora, unas tijeras, una lupa, y el conocimiento de que la distancia desde la punta de la nariz a los dedos de la mano extendida representaba aproximadamente alrededor de 3 segundos.
En esos días manuales, pre-mecánicos, la sala de montaje era una sastrería relativamente tranquila en la que el tiempo era la tela.
La montadora (en aquella época muchas eran mujeres) había visto la película proyectada cuando llegaba por primera vez del laboratorio. Después volvía a examinar los fotogramas con una lupa, recordando cómo se veían en movimiento, y cortaba con unas tijeras allí donde creía que era el sitio correcto. Paciente y algo intuitivamente, "cosía el tejido de su película" uniendo con clips los planos que más tarde serían encolados por un técnico en la planta baja.
Después ella proyectaba el montaje al director y al productor, tomaba notas y volvía a su sala a hacer más ajustes, cortando esto y alargando lo de más allá, como la segunda prueba de un traje. La nueva versión se proyectaba otra vez, y el ciclo se repetía sucesivamente hasta que el traje quedara lo más perfecto posible.
2 comentarios:
el antaño lugar de las peliculas existe en la cabeza de la rara casta de sujetos empeñados en escribir...gracias por tu texto.
en las cabezas y escaleta del dia a dia....
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